He recibido una cantidad importante de correos electrónicos, mayoritariamente desde España, en los que sus remitentes me manifiestan su deseo de mejorar en el dominó, y me preguntan: ¿Dónde pueden adquirir mis libros: “Principios y Sistemas del Dominó por Parejas” y “Conceptos y Criterios del Dominó por Parejas”?
Al efecto reitero que, hasta donde alcanza mi conocimiento, mis libros tan sólo se pueden adquirir en las librerías venezolanas. Pero, más allá de tal realidad, no quiero desaprovechar la ocasión, sin destacar el carácter loable y valioso del contenido de los correos, esto es: el deseo de mejorar de quienes me los remitieron.
Tal anhelo no es poca cosa. Al contrario, es muy significativo, y está potenciado en:
A) Un amor sincero al juego, y
B) Un análisis honesto de las capacidades (o incapacidades) personales.
La coincidencia de ambos factores permite recorrer el camino del proceso enseñanza-aprendizaje, imprescindible para la superación personal.
Por ese empeño, merecen ser felicitados.
Ahora bien, el deseo de aprender, lleva implícito el descubrimiento de las limitaciones propias. Quienes han hecho ese descubrimiento, están preparados para recorrer el camino de la verdad.
Por ese descubrimiento, merecen ser felicitados.
Sin embargo, paradójicamente son pocos, muy pocos los dominocistas interesados en aprender.
Son muchos, demasiados los que celebran sus desatinos. Llegan incluso hasta el sin-sentido de afirmar que sus victorias son consecuencia de lo bien que juegan, y sus derrotas de lo mal que “levantan”…
De buena o mala fe, confunden la victoria en un partido, como prueba irrefutable de sapiencia, y al efecto:
Omiten la consideración de la paridad o disparidad de los recursos fácticos (calidad de las fichas), levantados por los integrantes de las parejas.
Omiten la consideración de que aún en los casos de “manos” que se ganan, es factible que la pareja ganadora haya jugado mal.
Omiten la consideración de que aún en los casos de “manos” que se ganan, es factible que la victoria sea producto de errores de la pareja contraria.
Se agotan en lo superficial y se satisfacen con lo aparente. Desconocen la humildad y practican la vanidad. No saben, no les interesa, ni se preguntan el “¿por qué?” de las cosas. Son, en definitiva, dominocistas con un nivel deficitario, dentro y fuera del juego. Dominocistas de bajo nivel.
Por otra parte, son pocos los dominocistas, como los remitentes arriba señalados, que asumen una conducta proba y racional, y al efecto:
Buscan la explicación de los hechos.
Indagan la causa de los resultados.
Exploran el camino de la verdad.
Se preocupan y ocupan del “¿por qué?” y van al fondo de las cosas, entran en contacto con los Principios, cuya vigencia y validez es universal y unánime, y cuyo conocimiento y aplicabilidad conduce a la coherencia, la congruencia y la racionalidad.
Los Principios constituyen el producto final de una prolongada y detallada observación. De un reiterado examen. De una aproximación lógica. De una confrontación permanente. De una capacidad intrínseca de ser explicados y comprendidos. De una consecuencia extrínseca de viabilidad y pertinencia…
Al efecto, vale señalar que para jugar bien dominó, no se requiere jugar todos los días, ni durante muchos años. Una cosa es la cantidad y otra la calidad. Se puede haber jugado diez, veinte, treinta años o más, y cometer una y otra vez el mismo error (o errores). La repetición del error no lo hace menos error. Al contrario, lo agrava… El error repetido es una patología del mal proceder. La falta de enmiendo es propia de una terquedad aguda. Y ésta conduce, inexorablemente a la irracionalidad.
Por todo ello, los remitentes de los correos referidos al inicio de la presente merecen ser felicitados. Por querer conocer. Por querer aprender. Por querer mejorar… Y dado que, por ahora, en las librerías españolas no se encuentran mis libros, sirvan éstas columnas semanales (si a bien lo tienen), frutos del mismo árbol, para acompañarlos y nutrirlos en el proceso de crecimiento y mejoramiento como dominocistas.